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Kenders

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Kenders

Mensaje por Lunitari el Lun Jun 21, 2010 9:52 pm



Los kenders son seres humanoides que miden alrededor de 120 centímetros y acostumbran a llevar el pelo recogido en un copete, el cual es su orgullo. Sus rostros se muestran joviales toda la vida, si bien al llegar a cierta edad son surcados por varias líneas de finas arrugas (característica que juzgan muy atractiva).

Son criaturas curiosas por naturaleza, hábiles en las artes del latrocinio y el sigilo y amistosas con todo el mundo. Perdonan con facilidad las afrentas y llegan a estar convencidos que los objetos que hurtan a otros seres les llegaron por accidente a sus saquillos (o ponen otra excusa similar a esa). Esto último se debe a que esta en su naturaleza el intentar coger todo aquello que les llame la atención, sin ser muchas de las veces conscientes en realidad de que lo que están haciendo. En su sociedad esto no es considerado robar, ya que tienen un concepto diferente de la propiedad. Entre ellos es absolutamente normal tomar prestadas cosas de otras personas si estas no las están usando. Se ofenden mucho si se les llama ladrones ya que, como en la mayoría de las culturas no malvadas, los kender son contrarios al crimen.
Son inmunes al miedo a menos que sea de naturaleza mágico, como el que provoca una Torre de Alta Hechicería o el aura de miedo que rodean a los dragones del mal.
Al cabo del tiempo, pueden llegar a desarrollar un sentimiento a medio camino entre el miedo y la preocupación, pero no por ellos mismos sino por el estado de sus seres queridos.


Al morir jamás van a para al Abismo (el infierno al que van a parar los seres malvados), pues son criaturas que no pueden concebir maldad alguna. De hecho, la Reina de la Oscuridad no acepta a ningún miembro de esta especie.
Entre sus curiosas armas, que generalmente tienen más de un uso, se encuentra la jupak: un bastón acabado en forma de Y unida con una tela para formar una especie de honda.
Cuando cumplen la mayoría de edad, reciben como regalo un juego de ganzúas, objetos a los que dan mucho uso durante los viajes que realizan sobre todo en su etapa juvenil (sienten un gran "ansia viajera").

Cuando se sorprende a uno de estos ladronzuelos con las manos en la masa, su gama de excusas no tiene desperdicio. Revisemos algunas:
— ¿Dónde lo habré encontrado?
— Lo vi abandonado y lo recogí
— Se me olvidó que lo tenía
— Te fuiste tan deprisa que no pude entregártelo
— Me inquietaba que te lo robara algún desaprensivo
— Debe de habérsete caído
— Lo dejaste por ahí, y creí que ya no te interesaba
— Sin saber cómo, se ha metido en mi saquillo

*PERSONALIDAD

Hay cuatro factores que diferencian drásticamente la personalidad de los kenders de la de un humano típico. Las criaturas que analizamos son ajenas al miedo, curiosas en un grado insaciable, inquietas e independientes y aficionadas a adueñarse de todo aquello que no esté atado y claveteado, aunque si poseen unos alicates también se embolsarán tales objetos.
El arrojo —¿o habría que definirlo como osadía?— que tienen todos los kenders les da una gran confianza en sí mismos. Se muestran despreocupados y realistas en las situaciones más críticas y ominosas: «Sería descabellado huir ahora. ¡Nos rodean unos quinientos goblins!», sería una frase que ellos pronunciarían con total naturalidad.

Los kenders son conscientes de la necesidad de la cautela, pero su incontenible curiosidad los arrastra a complicaciones y aventuras sin tiento. No pueden privarse de registrar los lugares inexplorados o de espiar los rincones oscuros. Insistirles en que nadie regresa vivo de las dichosas cuevas es predicar en el desierto. De hecho, al describirles qué hace del paraje un centro de horrores «inenarrables» lo que se consigue es excitar aún más su ansiedad, empujarlos a entrar sin pérdida de tiempo. «¿Un archimago malvado y una horda de ogros —dirán—. ¡Es fantástico, vamos a verlo enseguida!»

La mayor parte de los kenders sufren una fase existencial, poco después de cumplir los veinte años, conocida como de «ansia viajera». Durante esta época, por lo visto, la curiosidad y sed de acción se exacerban en tal medida que el afectado vagabundea a través del país sin hacer apenas paradas. La avidez puede durar varios años, y algunos de los que la sienten adquieren la costumbre de trazar mapas de sus itinerarios.
Al poseer un carácter extravertido, los kenders disfrutan haciendo amigos y visitando parajes nuevos. Son pícaros y cordiales, quizá demasiado para algunas personas a las que, inevitablemente, les molesta su talante bullanguero, su locuacidad —que aumenta cuando se sobreexcitan— y su tendencia a requisar cuanto llama su atención. Detestan, en otro orden de cosas, acatar órdenes; quieren hacer lo que les place, en especial si ya han formado un plan en su cabeza. Razonar con ellos para que cambien de idea es poco recomendable, ya que se quejarán en voz alta y sin respeto, valiéndose incluso de la insolencia. La manera de tratarlos, según los aventureros más avezados, no es mandarlos, sino embaucarlos de tal modo que se ofrezcan voluntarios.
La aguda sensibilidad de nuestros personajes hace que los hiera una muestra de indiferencia o las observaciones intencionadamente tajantes, lo que desata su lengua en réplicas provocativas. Valoran la amistad como un tesoro, y si sus compañeros son lastimados o muertos pueden hundirse en fuertes depresiones.

Los kenders son también maestros del descaro, el sarcasmo y la grosería sin paliativos si optan por recurrir a ella. Gracias a su ya mencionada curiosidad se asoman a las intimidades de las otras mentes, aunque el examen no suele pasar del nivel superficial y no usan su introspección sino para descubrir los pequeños defectos.

*RASGOS FÍSICOS

Los kenders son tan pequeños que se nos antojarían niños humanos de no tener la musculatura más recia. El color de su cabello presenta un amplio abanico del rubio dorado al castaño claro u oscuro, el rojo cobrizo y el anaranjado. Lo llevan largo, peinado en todas las modalidades concebidas de trenzas, moños, copetes y colas. Muchos de ellos adornan sus melenas con cintas multicolores, plumas de ave o flores, primorosamente entrelazadas. Los kenders son de tez clara, pero ésta se curte al menor contacto con la intemperie, tornándose marronácea en el estío. Sus iris fluctúan entre el azul pálido, verde mar, oliváceo y avellana.
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